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“El quilo prieto”

noviembre 30, 2010

Monedas  norteamericanasLa numismática en Cuba  tiene  una rica historia, ligada precisamente  al desarrollo cultural de la nación. El colega Braulio López González escribió hace unos días  un interesante trabajo  que  me sugirió para  los lectores del Tintero azul. Claro  que al leer el artículo  no pude negarme  a  regalar  un tema  que toca de cerca  a quiénes  estamos en la Isla  y aquellos que nos  siguen en otros lugares del planeta.

El quilo. Así nombran los cubanos a la menor fracción de su unidad monetaria: El Peso. Divisible por cien  tenemos, entonces,  el centavo y, ese es,  desde los tiempos primeros de República, para lo popular, el rebautizado “quilo”.

Acá, hoy queremos hacer un poquitín de historia doméstica y recordar a un famoso de aquellos anteriores tiempos: el “quilo prieto”.

Ya pocos recuerdan, quizás, a este señorcito – al decir verdad, como tampoco al actual – que campeó por sus fueros en época de rumba, bembé y brujería.

Tal como teorizamos antes, con probabilidad, lo introdujeron e irrumpió en la escena cubana en tiempos de la infamante intervención militar norteamericana; época donde los yanquis comenzaron a fortalecer su pretendido dominio sobre esta tierra insurgente siempre y, la monedad del estado norteño sojuzgó.

Pero es caso aparte que, en esa conciliación de cultos, de sincretismo creyente, en nuestra caribeña isla, afloraba, con bastante frecuencia – aún lo recuerdo – el susodicho “quilo prieto”.

Así, sin su manifiesto beneplácito, formó parte del culto a la brujería; cotidiano protagonista del variopinto entramado de maleficios; obligado cofrade del panorama de tirrias entre vecinos, de ineludibles “limpiezas”; con el fin de alejar ánimas en pena, libérrimo en atmósferas de enconados desafíos; por lo general, de las discordias y celos de amantes en corriente concubinato.

Nunca solo en estas lides, campeaba por sus respetos; en tanto, hacíase imprescindible, acompañado del maíz tostado, cintas o tiras rojas, cuellos de gallos coloráos, arreglos con palomas, astucias con plumas de algún ave y, de cuanto arte de esta laya era practicable. Al margen de esta observación explico que no soy ducho en estos lances y solo narro, como los recuerdo después de largo andar por este trecho de vida, vivencias de aquellos días en la temprana infancia. Considero válida, a esta altura de la pincelada,  comentar que en la usurpada Cuba, neocolonia yanqui, (des)gobernaba el General dictador Fulgencio Batista y Zaldivar quien imperaba mediante el atropello, la prebenda y la corrupción, el latrocinio, la venganza política y otras yerbas aromáticas.

De conformidad con los gringos ocurrían, acá, en el país de la caña de azúcar, el tabaco y el ron, desafueros mayúsculos; mientras la población mal vivía sometida y rebajada a la más inmérita posición; así carentes, despojada de  Derechos Humanos fundamentales. Uno de ellos, el derecho a la educación universal y gratuita.

Tétrico espectáculo aquel de la ignorancia o el bajísimo nivel de instrucción. Gran masa analfabeta proliferaba de San Antonio a Maisí. Toda la nación  caldo de cultivo propicio para tales prácticas y creencias.

Tiempos aquellos, asimismo, del pan con timba, del coquito prieto, la melcocha, los “caramelos de contra”, de Pepsicolas, Ironber y Materva, de la malta con leche condensada, el majarete, la harina de maíz acompañada de boniato y de láctea nata; de la “patipanza” y el vaso de guarapo…

Y, de cuando mi impericia primigenia no resultaba extraña, en muchas de las veces, a los imperativos del recelo a “lo oculto”, de las arraigadas creencias.

Es así, en consecuencia,  que al correr  en medio de la chiquillada del barrio, despavorida y descalza, por entre los rieles del ferrocarril que circulaba cercano y de vez en vez; lugar idóneo para estos menesteres de “ciencia oculta”, intentábamos esquivar lo “plantado”  con una suerte de temor acompañante durante un buen trecho hasta ser olvidado luego como efecto del agotamiento, fruto de juegos  tales como “el agarráo”, el “chucho escondío” y otros.

Pero ¡Oh, y el apetito, esa hambre casi ingénita, ese tironear del estomago halando, cobrando su cuota después del correr abundante y el gastar gran reserva de la inconmensurable energía infantil…! ¡Cuánto puede esto contra entuertos y nigromancias!

Pues, he ahí, a la mano, la solución: el quilo prieto. Preciso benefactor y, justo…para el importe del pan con timba y la refrescante Materva; quizás, hasta para alguito más… ¿Para contrarrestar la atemorizante hechicería, cual será la urgida formula salvadora? : ¡Tómese el quilo…! ¡No, no con la diestra! Obligado fuere con la siniestra; sacar su infantil tramito de órgano de micción y realizar un pis preciso, rotundo  anímicamente conciliador, sobre la bienhechora piecesita de cobre estadounidense ¡Así estaba la cosa hecha! A buscar ahora, en ese entonces, el manjar apetecido: ¡mi delicioso pan con dulce de guayaba! Ah, si no lo dije antes. Mi pan con timba.

En el presente, repasándolo a lo lejos, fíjese usted si la formula resultó poderosa que de tanto mear sobre el “quilo prieto” los sacamos de acá, de Cubita la bella, junto  a sus progenitores,…y, ¡para siempre!

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One Comment leave one →
  1. VIVIAN BENAVIDES permalink
    diciembre 9, 2010 4:40 pm

    WOW¡¡¡¡¡¡ MUY FABULOSA TU PAGINA EL TINTERO AZUL ,,, SIGUE ADELANTE¡¡¡¡ SALUDOSSSSSSSSSSSSSSS VIVIAN.

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