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Septiembre para dos k

septiembre 3, 2014

Keiter y Kemely se benefician del sistema educativo cubanoPor: Vismar Pupo Martínez

Este primero de septiembre tuve la suerte de visitar una escuela diferente, no solo porque forma parte de la casa de dos hermanitos que se resisten a la Atrofia Muscular Espinal Tipo Dos. Es una escuela sin nombre, aunque bien podría llamarse Las dos k. Sí, porque Keiter y Kemely se escriben con esa letra del alfabeto que ellos mismos aprendieron a escribir, a pesar de padecer esta enfermedad genética desde su nacimiento.
Pero la poca movilidad de sus pies y manos no ha podido contra su inteligencia. La niña hoy ya es toda una alumna ejemplar del cuarto grado mientras Keyter le sigue los pasos en el segundo curso. Los conocí hace a penas tres meses, una tarde del pasado junio cuando, grabadora y agenda en mano, toqué la puerta de su hogar en la calle Heredia del Pueblo de los Molinos.
Entonces los encontré sentados en la pequeña sala de su casa sin poder dar un paso, y pensé que eran dos niños con muchas limitaciones. Sin embargo enseguida me demostraron cuán equivocado estaba: con su puño y letra escribieron en una hoja una frase que incluía la palabra “amigo”. A partir de ese momento fui parte del mundo entre paredes de aquellos dos hermanitos que comparten la quietud.
Cierto que aquel viernes de junio ya se habían marchado las maestras Yaquelín y Yamirka y encontré las dos pequeñas aulas aguardando por futuras clases. Pero, después de las vacaciones, las mesas y sillas improvisadas en uno de los cuartos y en el portal trasero de la casa esta primera mañana de septiembre me revelaron que los diez meses por venir serán devorados por la sed de conocimientos de Keyter y Kemely.
Dos educadoras llegan todos los días junto a la salida del sol y les enseñan la objetividad de los números y las variadas formas que adquieren las figuras geométricas, los guían a enlazar las vocales y las consonantes para formar historias, y les cuentan cómo es la naturaleza del mundo en el que vivimos, ese mundo que ellos mismos quisieran ir a conocer a todas sus anchas pero solo se conforman cuando mamá y papá los llevan al parque o a la playa.
“Me gusta ir allá, al parque, ahí corre más aire” me confiesa Kemely, con voz de recuerdo. “Ha veces llevo un libro y comienzo a pintar el parque entero”, asegura, mientras su mirada indica el deseo de volver a ese escenario. Keiter por su parte es todo un glotón y nos interrumpe para indicar su preferencia por la pizzería. Primer día de clases
Casi todo el tiempo transcurre dentro de ese castillo donde son los reyes risueños y pícaros. Y cuando sus pies y manos no pueden trasladarlos fuera del techo que los cobija, sacan las alas de su imaginación y llegan a un lugar quizás reservado solo para ellos.
“Jugamos a una cosa que se llama Climpo Cu. Es un lugar donde llevan personas que saben fabricar cosas como la miel y le van explicando, y mi hermano es el animador, porque es el que más chistes hace y yo soy la que llega al lugar”.
Así comparten sus días junto a su perro Balto, el guardián de sus juguetes, mientras esperan por sus amiguitos, Sintia, Ana Paula, Karla, Marianna, Lazarito y José Carlo, quienes los vienen a visitar. Para ese entonces Keiter pega un chiflido llamando a su can mientras me incita a no tenerle miedo, porque -según él- no muerde.
Los sueños tampoco faltan y algún día, pienso yo, se harán realidad. Ella quiere ser maestra de pintura cuando sea grande y él un superhéroe porque protege a su hermanita durante las caídas. El su espera por la realización de esos deseos, otro ya se hizo realidad: visitaron a su abuelo en Santiago de Cuba.
Mientras tanto ahora se tienen el uno al otro, y son como dos almas gemelas que comparten no solo una enfermedad, sino también la vida tal y como es: la de dos niños afortunados por tener padres incondicionales, la de dos cariñosos hermanos, la que cada septiembre les regala nuevas metas.
Yo me despedí sabiendo que hice dos nuevos amigos aquí en La Tierra de los Molinos y me fui con la certeza de saber que todos los niños cubanos tienen maestros. Qué placer constatar que septiembre también se asomó a los sueños de Keiter y Kemely allá en su escuela de las dos k.

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