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La bailarina de Tumbasaco

octubre 18, 2014

María Ramona  se ríe de los añosPor: Esteban Sosa Muñoz                                           La fuerza del corazón hace que personas de la tercera edad estén insertadas en la vida social de Cruces, esta crónica del colega Vismar Pupo Martínez publicada en La Voz de los Molinos así lo demuestra.

La conocí hace a penas dos semanas, cuando fuimos a Mal Tiempo a festejar los primeros 10 abriles de La Voz de los Molinos. Nunca pensé encontrármela allí entre tantos jóvenes, rodeada de tantas caras que no conocen aún el verdadero peso de los años.

Ella, a pesar de sus más de 70 “combates contra el tiempo” -reflejados en su rostro sin disimulos-, fue de las primeras en llegar, acompañada de la mano de su hija. Entonces, me tocó compartir una de las mesas junto a la flor más experimentada de aquel viernes: La bailarina de Tumbasaco.

Los demás se agruparon en otros sitios buscando diversión y pensaron que el tedio se instalaría cerca de mí; pero se equivocaron. Vivir esa tarde junto a ella fue como darle otra forma a la palabra “juventud”. Sí, porque más bien el anciano de aquella mesa era yo.

María Ramona, como supe poco después que se llamaba, era una perfecta adolescente disfrazada bajo aquella piel arrugada. Cuando el “boom, boom” de la música contagió y sacudió la anatomía de los presentes fue cuando los danzarines se percataron de que alguien bailaba más que ellos, incluso más que un trompo…

María Ramona se movía con tanta soltura que emulaba con cualquiera de las modelos de los videos de reggaetón más populares del Caribe. Y entonces después de aquellos zarandeos de sus caderas, todos los caballeros abandonaron a sus parejas para ir detrás de la nueva revelación del baile en Cruces. Era toda una estrella en el arte de menear “la colita”, lo mismo bajaba hasta el piso con un frenesí sin par, y luego subía como la espuma.

Cuando ya sus pies habían domado al ritmo salido de aquellas potentes bocinas, y habían demostrado quién era la reina de la pista, el semáforo instalado en su corazón le lanzó luces rojas, propias de la edad.

Entonces le aconsejaron parar. Y mientras ella descansaba en una silla, alguien del grupo la bautizó desde ese momento con el nombre quizás más artístico, entre todos los que figurarán algún día en las compilaciones crucenses de seudónimos y apodos: La Bailarina de Tumbasaco. Así, estoy seguro, ella quedará inmortalizada como una de las figuras icónicas de esa zona de Cruces.

Yo por mi parte imaginé que tal vez el poema martiano La bailarina española hubiese tenido su equivalente en Cruces, con una suerte de título magistral como lo es La bailarina de Tumbasaco, si el Apóstol hubiese coincidido en tiempo y espacio en La Tierra de los Molinos con esta dinámica abuela.

El poema hubiese contado con estos versos: “baila muy bien la crucense; es grande ese corazón; regresa, alegre a un rincón; la alondra joven, y ardiente”.

No me despedí de María Ramona porque los encuentros encumbrados no se pueden profanar con adioses cursis. Tampoco sé si la bailarina de Tumbasaco recuerde a aquel periodista que compartió junto a ella sus alegrías una tarde de septiembre. Pero yo nunca olvidaré a la anciana más joven de todo La Tierra de los Molinos, la que le ponía sazón a la música y a la vida.

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