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Crónica a una Rosa

febrero 24, 2017

RosaPor: Esteban Sosa Muñoz

Un colega se inspiró en la  historia de alguien que vestida de amor y fidelidad, renace como auténtica flor. No deja marchitar la esperanza y mantiene cada pétalo vivo  como expresión de un sentimiento que no apaga mientras la vida nos siga dando calor.

El Tintero Azul reproduce esta historia  que de seguro les va a gustar:

Rosa no es su nombre, pero prefiero llamarle así. Tal vez su historia sea mejor contada de esta manera. Rosa había perdido su brillo, pero se va a casar por segunda vez. Iba a entrar al altar el 14 de febrero. Sin embargo me recordó: “Es martes, ni te cases ni te embarques”.

Hace 17 años conoció a su primer amor, cuando apenas era una adolescente. Lo quiso desde ese instante, aquel día de finales del milenio, mientras lo vio frecuentar el barrio. Le gustó su pelo largo. Le atrajo su manera irreverente de mirarla  y sus locuras de joven rebelde.

Rosa se propuso conquistarlo, aunque el libreto de la sociedad demandara del hombre la iniciativa. Pero ella rompió pautas. Y después de enviarle cartas  a escondidas de sus padres, después de luchar contra otras mujeres que se disputaban su amor, y  de esperar pacientemente,  se casaron.

Catorce años vivió a su lado, en los que su juventud se desgastó junto a la de él, en los que aprendió a adivinar sus pensamientos con solo mirarlo,  en los que compartieron los momentos más gratos,  y los más ásperos, en los que nunca consiguió el hijo tanto deseado, tras infaustos intentos. Catorce años que un día llegaron a su fin. Catorce años que se estrellaron junto al auto en el que él perdió la vida.

Esa noche no volvió.  Regresó solo su cuerpo, inerte, inmóvil, destrozado. Y Rosa hubiese querido morir también. Pero estaba viva. Viva para sentir cómo el dolor desgarra por dentro. Viva para percatarse de que la vida puede ser injusta; amarga, como la soledad, como la angustia, como la ausencia.

Durante bastante tiempo comer, reír, hablar, ser feliz, perecieron cosas ajenas a ella. La veía pasar y yo me preguntaba cuándo olvidaría todo. Pero Rosa no podía. Si algún hombre se le acercaba, cualquier pretexto era suficiente para alejarlo, para evitar el mínimo romance. Muchas veces le dije: “No seas tan dura contigo misma, todavía era joven, bonita”. Y un día me hizo caso.

Sin embargo la familia de su difunto esposo no la comprendió. No toleran que Rosa vaya tras una segunda oportunidad. El hombre que en el pasado la hizo feliz no volverá. Ella  hubiese esperado toda la vida  si él se hubiese ido lejos, si le hubiese dicho: “Espérame”. Pero de la muerte nadie regresa. La muerte es el límite.

Rosa se va a casar nuevamente. Nadie en el pueblo podrá hablar de traición. Nadie podrá levantar un dedo para señalarla. Quién sabe en verdad cuánto lo extraña, cuánto lo sueña, cuánto lo piensa.

La fidelidad es más que un eterno luto. La fidelidad no equivale a soledad; no significa conformidad,. La fidelidad se hace más grande en el justo instante en el que logramos volver a amar sin olvidar  a otro amor.

Si fuésemos a hablar de fidelidad tendríamos que pensar en la inevitable  costumbre con que Rosa transforma cualquier tema de conversación en anécdotas sobre él. Para referirnos a su lealtad deberíamos observar la forma cariñosa y dedicada con la que trata al que un día fue su cuñado y hoy sigue queriendo como a un hijo.

Después de casi tres años, de casi mil noches, Rosa se va a casar otra vez. Ya me lo dijo el domingo. Y yo sonreí confidentemente. Rosa no es su nombre. Pero acaso prefiero llamarla así, como esa flor que un día retoñó tímidamente, cuando por casualidad,  se cruzó una vez más con el amor. (Autor: Vismar Pupo Martínez, periodista de Radio Cruces)

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